Fui aquella bala que erró su camino e hirió a un inocente.
Asimismo fui el plomo que cayó al suelo y se hizo planta y la planta que engulló el animal que comió del suelo.
También, es correcto, fui la carne que engulló el humano que provenía del animal que engulló la planta.
Y además fui, soy y seré siempre, el humano que disparó la bala y la pistola que erró su tiro e hirió a un inocente. En un interminable circulo de violencia.
Un circulo de sangre y lagrimas, que terminaría seguramente, si me tocase reencarnar en un humano inteligente, capaz de no tomar la pistola, ni de disparar sin alma.
O de lo menos, reencarnar en un feroz animal hambriento, capaz de engullir al tonto humano, a fría su pistola y sus tajantes balas.






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