Y sin saber donde estaba, aparecí en aquel mítico bar en el que cantabas.
Era una noche lluviosa de otoño y curiosamente le cantabas al verano, entre estrofas le calmabas y le decías “Cariño, nada va a hacerte daño”.
Te veías simplemente hermosa. Cabello alborotado, místicamente ordenado para acentuar la belleza de tu blanca cara. Poco vestida, pero reservada y bien portada, al fin que era tu estilo y mostrar era lo que menos te importaba.
Te rodeaban fanáticos de todo el mundo, que como yo, de casualidad habían logrado encontrarte entre sus sueños, atraídos por la melódica y melancólica sonata de tu guitarra, escuchaban tu garganta rota que cantaba desde el alma.
Mi corazón, al compás, sonaba alborotado, pues enamorado siempre estaba. Provocándole a la mente aquellos viajes entre dimensiones, pasiones y notas musicales, única y exclusivamente para estar de nuevo a tu lado.
Nada va hacerte daño cariño y en esta nueva vida, como dices, habrá una mañana de aquellas, de esas en las que te levantas cantando. Y entre las palabras, tu alma, me lo pide a gritos. Déjame ayudarte, permíteme demostrarte cómo. Sólo dime cuando.
Empieza una nueva canción y mis oídos escuchan con atención el dulce lamento que tu voz produce, a gritos del edén nos llega tu canto. Mientras tu piel se desnuda entre el calor de los infiernos, tu mirada seduce la mía con encanto.
Y tal vez, si alguna vez pudiera tomar tu pequeña mano, de seguro entenderías. Que vengo de muy lejos, y que tal vez nunca más me veas, pero ten por seguro que en alguno de esos futuros que le siguen a tu legado, hay un alma joven que espera tu reencarno.






0 comentarios:
Publicar un comentario