De la mente de Vivian Connely:
Miedo, nada más que miedo. Una helada sensación de terror combinada con fracaso y desesperación. No pudo haber pasado mucho tiempo desde que había despertado después de haberme desmayado, pero de algo estaba totalmente segura. Había fallado.
Mi cuerpo se encontraba atrapado y amordazado. Sentada en una silla, capturada por algunas sogas, mantenía presa cualquier esperanza de libertad y de futuro. Mis manos atadas, ya habían dejado de intentar zafarse del descansabrazos de la silla y mis pies habían dejado de patalear en busca de liberarse. Mis ojos vendados. Estaba sola.
Dentro de mí. No había nada más allá que el silencio y la nueva fobia que éste me generaba. ¿Cómo era posible que terminara amordazada a esa silla? Lo último que recordaba era tomar la mano del señor Sullivan, caer al suelo de la habitación a la que me había trasladado y un duro golpe en la cabeza. De ahí en fuera, no sabía absolutamente nada. Ni del paradero del objeto que había obtenido en la iglesia, ni de Vic, ni del mismo señor Sullivan. Nada.
A pesar de tener mis ojos vendados, los demás sentidos respondían con prontitud al nivel de adrenalina que forzaba a cada uno de ellos a funcionar con mayor eficacia. Podía sentir aumentado el sentido del tacto y la incómoda sensación de la soga atando mis manos, quemando mi piel con cada roce. Mi boca percibía un sabor parecido a la sangre, el cual bien podría tratarse de miedo. Mi nariz percibía un denso olor a polvo y humedad y el sonido lento de unas lentas aspas era registrado por mi oído, proveniente probablemente de un ventilador industrial de esos que se colocan en las fábricas para filtrar los gases hacia afuera. Fuera de ello, un silencio sumamente incomodo revolvía mi mente y la obligaba a intentar recordar lo sucedido y entonces todo fue claro.
Las imágenes de lo que había pasado volvían rápidamente a mi cabeza y la secuencia volvió a pasar frente a mis ojos como un recuerdo. Yo misma tomando el objeto de la iglesia, corriendo hacía el señor Sullivan que me extendía la mano y entonces la aparición de una segunda mano bloqueando a la del señor Sullivan. Por último un rostro horrible, una mueca y entonces mi cabeza golpeando el suelo con mucha fuerza. Algo definitivamente había salido mal y de principio había sido mi culpa por precipitarme a abrir esa puerta.
Entonces, el lugar polvoriento comenzó a mostrarme un sonido diferente a los que mantenía ocultos normalmente. Una serie de pasos lentos y pausados sonaban con eco en las paredes del lugar y una sensación helada comenzó a sentirse alrededor mío. Era como si hubiese entrado en un refrigerador gigante y en un viejo panteón al mismo tiempo. La sensación del miedo abordándome lentamente era tan desesperante que comencé a temblar. Los pasos se acercaban cada vez más y la sensación de maldad envolvía mi cuerpo como una densa niebla, lenta y mordaz. Conforme se acercaba, pude oler con claridad el aroma de un sutil y elegante perfume combinado con humo de tabaco y la garganta se me anudó.
-Eres una mujer valiente Vivian- dijo una resonante, gruesa y aguardentosa voz que haciendo eco en las paredes, lograba ponerme los vellos de la nuca de punta...
-¿Quién está ahí? – dije con la voz hecha añicos por el miedo.
-Has venido hasta aquí movida por la voluntad de un hombre al que le confías hasta la vida ¿No es así? – guardó silencio.
Era una voz escalofriante, una voz madura, llena de una maldad indescriptible. Una voz que provocaba en mi ser un terror tan grande que lo único que sentía además del miedo, eran inmensas ganas de llorar y morir.
-Ha sido el mejor de los planes ¿No? – pausó. – Llevar a la indefensa niña a hacer el trabajo de los hombres y esconderse, ponerse a salvo mientras ella suda sangre para lograr el objetivo.
La voz sonaba cada vez más cerca. Acompañada de un caminar de zapatos finos.
- Y sin embargo nunca dejaste de confiar en ese hombre. Un hombre que seguramente no sabía al lugar que te mandaba, o los riesgos que esto implicaban para su pequeña. - calló y sus pasos cesaron justo a un lado de mí.
Hubo un silencio tenso. Mi piel de la nuca se erizó y mi oreja derecha pudo sentir su respirar.
Estaba justo al lado de mí, callado, probablemente encorvado para poder respirar en mi oído. Estaba aterrada. Tenía una presencia muy fuerte y hacía que me doliera la cabeza y me sintiera débil. No podía verlo, pero aunque nunca antes lo había escuchado, sabía perfectamente quién era.
-¿Qué es lo que quieres de mi Wallace? – pregunté llena de terror.
-¿Qué es lo que quiero yo de ti? Nada – susurró casi rozando mi oreja – Yo ya tengo todo de ti Vivian. Hace mucho que tengo todo de ti. Tus sentimientos, tus emociones, el control total de tu vida. Aquellas lágrimas de dolor siempre han sido mías, aquel miedo, aquella sensación de pesadez. La muerte de tus seres queridos; Vic, tu abuelo, tu padre, tus familiares, todos ellos obra mía, todos ellos muertos, apagados por obra y dicha de mi mente, que siempre ha tenido control sobre la tuya.
-¿Quién eres Wallace? ¿Quién eres? – pregunté entrando en llanto, esperando a que de un momento a otro me matara de algún modo.
-¿Quién soy? Soy exactamente el reflejo del lado oscuro de tu corazón Vivian. Ese odio que nació al ser la hija menor que no cumplía las expectativas de papá, que no cumplía los deseos de mamá y que no superaba en nada las habilidades de la hermana. Ese odio generado durante años de gestación, provocado por siempre ser la última y la menos apreciada de la familia, de la escuela, de la casa. Ese sentimiento negativo engendrado por las entrañas de una mujer en soledad, una mujer abandonada, obligada a refugiarse en las redes sociales, un lugar situado justo detrás de un escritorio que le daba la falsa seguridad para crear falsas amistades que con el tiempo, no eran menos cosa que el reflejo de otras muchas personas en su triste situación. Y vaya que disfruté eliminando al único amigo real que pudiste haber tenido en tu mundo de esperanzas falsas. Una persona que buscaba protegerte, pero que simple y sencillamente no pudo con el sentimiento más fuerte de la persona más débil.
Aquellas palabras caían como hielo en mi mente y como espinas en el corazón. Mi rostro, aún con la venda en los ojos, lloraba lágrimas profundas llenas del mayor dolor que jamás hubiera sentido. El corazón me palpitaba tan rápido que más que un latir, comenzaba a parecer un zumbido. El aliento de Wallace era lo más cercano que había estado de la muerte hasta entonces.
Un artefacto helado tocó la piel de mi brazo derecho, a la altura de mi antebrazo. Era quizás una navaja o un cuchillo, y su filo comenzaba a hundirse lentamente en mi piel conforme Wallace la empuñaba con más y más fuerza.
-Llora todo lo que gustes niña. Sólo me haces las cosas más fáciles. Siempre lo has hecho. Tu impulsividad y tu deseo de matarme me llevaron junto contigo al lugar donde podía obtener el control de todas las mentes. Y fuiste exactamente tú la que lo trajo de vuelta conmigo.- comenzó a reírse de una manera tan sombría que ahogué el llanto en gemidos de miedo.
Empuñó el punzocortante objeto y con un movimiento rápido cortó mi piel de lado a lado. El dolor era inmenso, y unas cuantas gotas de sangre emergieron de la herida. No era una herida para matarme, sino más bien lo que buscaba era provocarme la tortura.
Yo había sido la culpable de todo ello. Yo y las emociones negativas que generaba y obviamente el deseo de matar a Wallace, habían provocado aquel momento en que la mente de Akasius se había apagado, y entonces Wallace había tomado el poder, por culpa mía.
Caminó hacia el otro extremo, hacia mi lado izquierdo y acercándose besó mi mejilla y colocó el filo justo en el lugar en los que sus inmundos labios habían tocado mi piel. Con un movimiento rápido el filo recorrió mi mejilla y solté un grito. Wallace reía y yo lloraba.
-Sin embargo señorita Connely, a pesar de que ahora yo cuento con el artefacto que controla todas las mentes, no he podido hacerlo funcionar de ningún modo. Lo cual obviamente significa que el poder de Akasius está aún vigente, en el interior - colocó el filo en mi muñeca izquierda y cortó. – Entonces, suponiendo que Akasius en persona, hace ya mucho tiempo que no existe en este universo, el artefacto obedece al lazo más cercano a él, es decir, a usted. – empuñó de nuevo el filo y lo hizo rozar contra mi hombro derecho, cortando mis ropas en ese lugar.
Guardó silencio y entonces pude sentir su húmeda y áspera lengua recorrer mi cuello y lamer mi oreja. Entonces bufando su sepulcral aliento sobre mí, postró el filo sobre mi cuello. El miedo salía a gotas frías de mi espalda y de la frente. Mi garganta llevaba anudada toda la conversación y de haber tenido las manos libres, ya me habría comido la mitad de todas mis uñas. Nunca antes había estado tan asustada. Entonces subiendo el cuchillo hasta mi oreja, sujetó las vendas y las cortó dejando mis ojos al descubierto. Comenzó a caminar por detrás de mí.
-Por lo tanto señorita Connely, puedo intuir entonces, que usted siendo la fiel amiga del tipo que la mandó a su muerte, debería saber cómo activar tan singular artefacto, por lo cual, le pido de la manera más amable y atenta me diga cómo hacerlo y entonces tal vez pueda reconsiderar el final que le espera a usted. – dijo mientras se ponía frente a mí.
Se veía incluso más viejo que en el artículo del periódico que Akasius me había mostrado tiempo atrás. Su arrugada cara de anciano refinado pero excéntrico dibujaba una mueca similar a una sonrisa, pero mucho más siniestra. Tenía los ojos negros sin pupila, una piel áspera con barba cana de la tarde. Su cabello desmarañado, semi-calvo de la frente. Una piel grisácea se amoldaba a sus siniestros gestos faciales. Vestía un elegante traje y portaba un Rolex Daytona de color dorado en la misma mano que portaba lo que parecía ser un bastón y en la otra tenía una vara larga y filosa que terminaba en un mango. Su bastón albergaba normalmente ese filo, no solo era un bastón sino un arma.
Detrás de Wallace había una mesa de madera tallada, de un acabado muy similar a la silla en la que alguna vez logré ver a Akasius y en ella, el “control de todas las mentes” reposaba inerte como la primera vez que lo vi, pero en esta ocasión no presentaba el peculiar lustre que le había percibido en las anteriores ocasiones. No era lo único que había en esa mesa. Un peculiar destello plateado se vislumbraba, como si el metal reflejara la luz. Entonces lo distinguí. El arma plateada, que Vic había creado con su mente, estaba encima de esa mesa. Wallace me la había quitado antes de atarme a la silla.
-¿Entonces señorita Conelly? – me dijo viéndome fijamente a los ojos.
-Yo no sé nada Wallace – le dije con la garganta hecha añicos y con la voz hecha un hilo.
-¡Mientes puta! – gritó en mi oído y acto seguido golpeó mi rostro con el bastón.
El bastón impactó de lleno en mi nariz y un líquido caliente comenzó a salir de ella. Sangre combinada con sudor y miedo. La desesperación era tanta que el aire me faltaba, el miedo ya era la única sensación que mi cuerpo asimilaba. A bocanadas, tomé el aire que pude para recuperarme y entre sollozos pude sentir el sabor de mi sangre pasearse por mis labios.
-¡No sé nada de eso! ¡Akasius nunca me explico algo al respecto!- pataleé mientras un hilo de saliva y sangre salía de mi boca.
Lo único que deseaba era morir. La soga comenzaba a cortarme la circulación. Estaba demasiado alterada para evitar intentar zafarme de la silla, aunque eso solo me hiciera más daño.
-Se lo voy a preguntar de nuevo señorita Connely - sus palabras causaban estragos en mi ser, era como si todos mis miedos se concentraran en la voz de ese hombre - ¿Sabe usted que se requiere para hacer funcionar éste aparato?-
Mi respuesta no iba a ser distinta. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentía como si hubiera perdido a todos mis seres queridos al mismo tiempo, el miedo que sentía me paralizaba y creaba un nudo en mi garganta como si hubiera visto a alguien ser arrollado. El lugar olía a un peculiar aroma de perfume de barón combinado con humo de cigarro, el aroma de Wallace, el olor de la muerte.
Comencé a balbucear por el miedo, mis manos me temblaban y una gota de sudor helado recorría mi espalda. Wallace advirtió mi desesperación y levantó la mano para poner en alto el bastón, me estaba presionando.
-¡Realmente no tengo idea de cómo funciona Wallace!- gimoteé y entrecerré los ojos esperando recibir otro azote
Wallace tomó impulsó y gritándome de nuevo, azotó el bastón contra mi hombro izquierdo y lo escuché tronar y le sentí torcerse. El dolor era insoportable. Supliqué una vez más, diciéndole que no sabía nada al respecto, pero ya no me escuchaba. Una vez más alzó el bastón. Una sonrisa sepulcral adornaba su horrendo rostro. Estaba totalmente segura de que el siguiente azote sería mucho más doloroso que el anterior y a juzgar por su mirada, aquello le causaba placer.
Entonces, cuando estaba a punto de azotarme de nueva cuenta, un sonoro estruendo se distinguió a lo lejos y Wallace se detuvo. Un sonido parecido al de un montón de cajas cayendo, seguido del metálico sonido de alguien corriendo. Wallace me observó. Su fría mirada congelaba por completo a la mía y la intimidaba. Entonces, frunciendo el entrecejo, juntó ambas partes del bastón y lo apoyó en el suelo.
-Tengo un asunto pendiente con usted señorita Connely, pero tal parece que alguien quiere interrumpir esta charla de negocios. – dijo y entonces tomó mi silla y empujándola me hizo caer de espaldas, azotando mi cabeza contra el suelo – Enseguida vuelvo, espero que te estés poniendo cómoda. – concluyó y se fue.
Se hizo el silencio. Ahora no veía nada que no fuera el techo del oscuro lugar que era intermitentemente iluminado por unos cuantos rayos de luz que se colaban entre el girar del ventilador industrial situado en una de las paredes del lugar. Un montón de cajas estaban regadas por todas partes, por lo que intuí debía estar en una vieja bodega.
Estaba aterrada y por más que intentaba no podía dejar de llorar. Ya había recorrido mi mente varias veces situando a instantes a aquellas personas que tanto había querido a lo largo de mi vida y a las cuales ahora les había fallado por culpa de mi sed de odio y venganza. Ya no había esperanza por ninguno de los lados por los que analizara la situación. Había pasado la semana más inusual de mi vida, luchado en riesgosas situaciones y llegado a lugares a los cuales nunca creí ni imagine llegar y sin embargo, ahora todo estaba perdido por culpa de la estupidez que había cometido. Ya no los volvería a ver nunca, a ninguno de ellos.
Unos presurosos pero sigilosos pasos sonaron con un eco tenue en el lugar. ¿Había vuelto tan rápido? ¿Qué era lo que había encontrado? ¿Qué había provocado ese ruido? ¿Me mataría apenas me viera o me seguiría preguntando sobre el artefacto? Cerré los ojos por miedo y los pasos cesaron justo a mi lado. Contuve la respiración, una mano rozó mi hombro y sujetó la silla y entonces de un tirón la devolvió a su posición normal, el corazón me dio un brinco, volvía a estar sentada. El aroma que percibí no era el de Wallace y entonces abrí los ojos. Vic estaba de pie frente a mí.
-Eres una tonta Vivian – me dijo mientras presuroso intentaba desamarrar mis brazos de las sogas. – Te dije claramente que me esperaras y que juntos entraríamos al despacho de Wallace.
Nunca me había sentido tan feliz de verlo, ni siquiera la última vez. Mi rostro se ilumino y unas lágrimas brotaron de mis ojos, esta vez, encendidas por una felicidad extrema. La aparición de Vic, no solo lograba encender mi alma, sino además, creaba en mí una esperanza.
- Intenta no moverte demasiado o jamás podré desamarrar esto. No contamos con mucho tiempo y dudo que mi distracción entretenga mucho a Wallace-
-¿Qué fue lo que me pasó Vic?- le dije entre sollozos. ¿Qué me pasó en el séptimo piso?
-Desapareciste apenas habías tocado la puerta. Tu cuerpo se hizo como una sombra densa y una luz repentina te hizo desaparecer. –
-¿Cómo supiste que era una trampa?-
-El señor Sullivan me lo dio a entender. – dijo terminando de desatar mis manos, las cuales sentí por primera vez en total libertad.
-¿El señor Sullivan?- pregunté. - ¿Qué quieres decir con que él te lo dio a entender?
-Te contaré – me dijo mientras comenzaba a desatar la soga de mis pies. – Después de la segunda señal de explosivos, corrí a la oficina de los guardias de seguridad a ver si con suerte podía encontrar un arma abandonada. Entonces, entre la multitud que corría, pude distinguir al señor Sullivan justo al pie de las escaleras, simplemente observando con tranquilidad a los que corrían. Me llamó tanto la atención que no pude evitar detenerme y fue entonces que enderezándose los lentes, se dirigió hacia mí con suma tranquilidad: “Todo va demasiado bien ¿No le parece, señor Vic Hasselblad?” Entonces supe que algo estaba mal. El hecho de que todo estuviera saliendo a la perfección podía significar, o que teníamos la suerte más grande del mundo, o que alguien estaba permitiendo que lográramos lo que queríamos. Temiendo lo peor, corrí hacia el séptimo piso, pero me detuve en el quinto para ver a dos hombres tirados, ambos con impactos de bala, supongo que propinados por ti. ¿Cierto? – moví la cabeza para decirle que sí - Entonces, previniendo, tomé una de las armas que estaban en el suelo y volví a emprender rápidamente mi camino hacia el séptimo piso, pero para cuando había llegado ya era demasiado tarde y únicamente te vi desaparecer- concluyó.
-Me dejé llevar por el odio – susurré.
-Eso no importa ahora. Lo que importa es que debemos salir de aquí e idear una nueva manera de como acorralar a Wallace y darle fin a todo esto. No hemos salido del edificio, bueno, tu lo hiciste supongo. – me dijo mientras desataba mis pies.
Me puse de pié y lo abracé. El me correspondió apretándome entre sus brazos con un especial y caluroso cariño. Era la sensación más linda desde hace mucho tiempo. Descansé mi cabeza contra su hombro derecho y cerré mis ojos. Toda aquella tensión se convirtió en una paz tan grande, que había olvidado por un momento todo cuanto había pasado.
-Necesito decirte algo, por si no llegamos a salir de esto - me dijo separándose un poco de mí, con la voz más fina y dulce que jamás le había escuchado. – Siempre has sido mi mejor amiga y desde siempre has sido la persona en la que más he confiado. Ha pasado mucho tiempo desde la ocasión en la que me di cuenta de esto y creo que es tiempo de decírtelo.- guardó silencio.
Levanté la cabeza, abrí los ojos y vi por encima de su hombro. Entonces el corazón me dio un vuelco. Wallace estaba a un par de metros de nosotros, detrás de Vic, apuntándole directo a la cabeza con el arma plateada que me había quitado antes de someterme a la silla y amordazarme. Aquella arma que Vic había creado, con tantos años de trabajo, para que yo la obtuviera y consiguiera defenderme con ella
Una sonrisa iluminó el rostro de Wallace y congeló mi corazón. Entonces disparó. Vic cayó fulminado hacia el suelo, con los ojos en blanco, una estela densa de sangre recorrió el aire y manchó mi ropa y el suelo. Wallace comenzó a reír. Vic había sido impactado de lleno por obra de las balas del arma que él mismo había creado. Lo estaba perdiendo nuevamente.
Capitulo Final: Fin del Mundo. [Capítulo Final: Lágrimas de Sangre]
Capitulo Final: Fin del Mundo. [Capítulo Final: Lágrimas de Sangre]






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