Una fuerte cantidad de sedantes aturden mi moribundo y alcoholizado cuerpo mientras miro por la ventana anonadado. Las cortinas de seda, ondean acariciando mi piel llena de cicatrices mentales, esas que uno no ve, pero sabe que están presentes y arden mucho más que las heridas reales
Estoy descalzo y no pienso en otra cosa que no sea aquel mundo que no es mío. Un mundo que probablemente yo creé, pero que en su debido y tajante tiempo, desapareció de mis manos y fue a parar mucho más allá de los confines de mi entendimiento. Donde todo lo que no comprendo termina por mudarse.
Mis mil y una hojas en blanco, aguardan postradas tristes y abandonadas encima de mi mesa de trabajo. Mi máquina de escribir está botada en el cubo de la basura y mis lápices están rotos, todos ellos por mí mano, arrojados al fondo de mi cama por obra propia. Hay un café tibio está a medio sorber en la taza que se sitúa en mi escritorio. Sabe a suicido por la noche y una pizca de soledad le da un toque de amargura.
Lo único con lo que cuento es una pistola que se esconde tras las puertas de mi armario y una pluma de gazno y un tintero, éstas últimas postradas sobre mis sangrantes manos de poeta. El ruido de los coches acompaña el goteo del liquido vital que al caer al vacío se funde con la tinta que derrama gota por gota el tintero que poseo.
El piso numero veintisiete, un día veintisiete, a mis ahora veintisiete arrepentidos años. Una noche de veintisiete grados centígrados, con veintisiete estrellas en el cielo y una luna menguante coronando desde el cielo, como tiara que aguarda en la cabeza somnolienta de una princesa hechizada, que no espera ser salvada.
Y con un último aliento cierro los ojos y tomo un poco de aire fresco. La ultima bocanada de el vital gas lleno de polución de la urbe, justo antes de lanzar mi cerebro al vacío y verlo explotar contra el pavimento
¿Suicidio? Puede ser, pero no me suicido yo, sino la pluma y el tintero que residen en mis manos. Adormecidos por una mente que abandona la escritura. Porque al llegar el alba del día siguiente, justo a las seis con veintisiete segundos, alguien por ahí habrá pasado por la acera y habrá anunciado en algún noticiero, que a la edad de veintisiete años, algún moribundo escritor por fin se ha rendido. Y no es que haya muerto, sino que se ha cansado de la vida eterna y al vacío no se ha arrojado él, sino su pluma y su tintero.






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