Cuatro personas cargaron el féretro de Vic y lo trasladaron hasta el lugar donde sería sepultado; su padre, su hermano mayor, el novio de su hermana y Francis uno de sus amigo más cercanos. Siendo en vida hijo prodigio, estudiante ejemplar y un amigo irremplazable, era más que obvia la presencia de una gran multitud llorándole a su muerte. Toda su familia estaba ahí y como era sábado, todos sus amigos de la universidad, del trabajo y de lugares varios, también se encontraban entre los dolientes. ¿Yo? Pues yo ya había llorado lo suficiente la noche anterior y no es que no me sintiera triste pero estaba muy ocupada encargándome de prestar uno de mis hombros a su madre que no paraba de llorar pronunciando su nombre, justo como la vez que contestó mi llamada.
En fin, no tienen ningún caso que termine de contar el resto; gente llorando, tragedia, dolor, sollozos, un par de palas y un montón de tierra para cubrir todo lo anterior, una cantidad suficiente como para evitar que Vic escuchase nuestros lamentos.
[…]
Eran las seis en punto y la casa de Víctor parecía estar sola. Su hermana Elia quien vivía en Nueva York, había regresado junto con su novio hacia la isla de Manhattan justo después de terminado el funeral. Su hermano mayor Alejandro, que ejercía como Médico Cirujano, había salido con la misma prisa que su hermana a atender una emergencia. Respecto a su padre, pues, el también se encontraba en la casa pero desde que habíamos llegado a ella se había encerrado en su estudio junto a una botella de whiskey y dos puros y no sabíamos nada de él desde entonces.
En la concina, su madre yacía recostada en una silla, con una botella de coñac vacía en la mano que había comenzado a consumir unas horas antes, poco después de que habíamos llegado a la casa. En el otro extremo en una silla cercana, yo miraba al vacío esperando despertar de lo que había sido uno de los golpes más fuertes de mi vida, la muerte de quien alguna vez habitó la casa en la que ahora me encontraba, mi amigo.
- Te agradezco mucho que hayas aceptado venir conmigo Vivian, eres la persona más cercana a mi hijo y aprecio mucho que me acompañes en estos momentos tan difíciles para mí – fue lo último que la señora Melina madre de Vic pudo decirme antes de quedarse dormida por el efecto del alcohol en su sangre.
Sé que había aceptado por propia voluntad acompañarla, pero la incomodidad que sentía en aquel momento era demasiado grande, la casa en total silencio con las ventanas abierta y el viento ondeando las cortinas me provocaban un sabor amargo, pues nunca había visto que esa casa estuviera tan tranquila desde la muerte de el hermano menor de Vic hace ya unos años.
La casa se sentía deshabitada e incluso, al pasearme en silencio por ella de camino al tocador, pude sentir la sensación de que la casa también sentía que algo le faltaba. Sentía lastima por la familia, eran o parecían perfectos casi siempre, pero las tragedias que les tocaban eran en su mayor parte duras y dolorosas.
Mientras caminaba, pude ver muchas fotografías de la familia. Algunos viajes familiares, fiestas de cumpleaños, celebraciones navideñas y muchas otras reuniones en los que la familia se veía feliz y completa, incluso, Jacob el hermano menor de Vic, aparecía en ellas.
Ordenadas meticulosamente desde la niñez del hermano mayor, narraban un poco la historia de la familia; un tramo feliz y de unidad familiar interrumpido por la muerte del entonces hermano menor, después una sección en la que se nota a simple vista un cambio en las miradas de toda la familia restante atribuido probablemente a la muerte del pequeño Jacob y después una estabilidad un poco más parecida a la de unos años atrás, una estabilidad que estaba completamente segura que se rompería después de aquel doloroso día.
Entonces, cuando mi paseo por las fotografías de la pared se vio interrumpido por la puerta del baño cerrada frente a mí, el ambiente de la casa se fue tonando un poco diferente y comenzó a ponerme un poco nerviosa. Por un momento, pude sentir como si alguien estuviera justo detrás de mí, parado ahí, solo mirándome, pero no entré en pánico pues creí que había sido la señora Melina que se había despertado, me equivoqué, al voltear no había nadie.
El corazón comenzó a acelerárseme, el viento se hizo un poco más fuerte y las cortinas ondeaban con la brusquedad que la fuerte brisa les permitía. Una extraña tensión invadió mi cuerpo y entonces empecé a sentir miedo. Era obvio que algo o alguien estaba ahí y era obvio que no era para anda normal. Entonces, uno de los cortineros cedió ante el viento y la tela que servía como cortina se desprendió de él y comenzó a volar por la casa describiendo un patrón inusual, pasando frente a mí y postrándose al pie de las escaleras hacia el sótano que solía ser el estudio de Vic.
La garganta se me hizo un nudo y el viento cesó, la madera de la casa soltó un crujido y acto seguido, un sonido zumbarte comenzó a escucharse desde el interior de la puerta del estudio y la primera imagen que me pudo venir a la mente fue el sonido que produce el abanico de enfriamiento de una computadora, para ser más precisos la computadora de escritorio de Vic, la misma que había usado los últimos dos años.
¿Cómo era posible? El mismo me había dicho que la había llevado a un par de lugares y que no habían podido hacerla funcionar, mucho menos encender. Confundida, nerviosa y con el corazón en la mano, decidí bajar a ver qué era lo que estaba pasando. Con cada paso que daba los escalones crujían y resonaban en la casa plagada por el silencio y el zumbido se hacía cada vez mas fuerte entre más me acercaba a la puerta. Una vez en ella, empuñé la manija, tragué saliva y abrí suavemente para evitar despertar a la señora Melina, que aun yacía dormida la cocina, escaleras arriba.
Todo estaba en el mismo desorden que la última vez que visité ese cuarto; la ropa de trabajo tirada en una esquina cerca de unos viejos vaqueros azules que solía usar Vic con frecuencia, el cesto de la ropa sucia desbordándose por mucho y algunos platos sucios postrados en una mesita de noche a lado de la distendida cama. Encima del escritorio la computadora se encontraba encendida con el monitor apagado.
Todo estaba en ese singular desorden característico de mi amigo a excepción de un detalle que hizo crecer mi miedo. Un rastro de sangre seca iba desde el sitio donde se encontraba la computadora hasta debajo de la cama. El viento comenzó a soplar de nuevo y una corriente de aire entró por la puerta e invadió la habitación. Debía ver que había debajo de la cama y como pude traté de voltear la cama para ver el resto del rastro.
Entonces cuando por fin pude voltear la cama, algo siniestro pasó con una rapidez impresionante. La puerta se cerró de golpe, el monitor se encendió solo y se puso en blanco, las bocinas emitieron un ensordecedor e indescriptible sonido que me puso los vellos de la nuca de punta y entonces pude ver debajo de la cama el nombre Willbure Wallace escrito con sangre. Al voltear a ver la computadora de nueva cuenta, el monitor mostró un video de aquel horripilante rostro, en primer plano viendo fijamente hacia donde yo estaba y dando un grito que me volteó el alma desapareció llevándose consigo el sonido. La computadora se había apagado nuevamente.
El silencio nuevamente invadió la casa, estaba espantada en un nivel que nunca antes había conocido y a juzgar por las cosas me estaba metiendo en un problema mucho más serio de lo que yo creía. Entonces un zumbido fuerte me invadió y solté un grito, mi celular estaba sonando y me había dado el segundo susto más grande de mi vida, irónicamente justo después del primero.
Era Akasius y contesté sin decir una sola palabra, algo me decía que tenía algo malo que decirme y a juzgar por la manera en la que me habló, no estaba para nada equivocada.
-Vivian, necesito verte, hay algo que debo mostrarte – me dijo tan serio como pudo.
-Yo tengo algo que contarte – me limité a contestar.
Siguiente capitulo: Fin del Mundo. [Capítulo IV: Reunión de Emergencia]
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